mi cofre del tesoro

23.2.09

Hormonas Revolucionarias por Maju Lozano


La primavera, ¡esa fecha tan esperada en la adolescencia! Donde los primeros calorcitos dan lugar a que las hormonas estallen con permiso. El 21 de septiembre era la fecha indicada, la permitida, en la que todos salíamos a festejar el Día del Estudiante. Casi sin saberlo, nuestro cuerpo empezaba a dar indicios de que algo estaba cambiando para siempre.

No teníamos clases y nos juntábamos donde fuera, en los parques, en las plazas, en los clubes, en un campo… todo, o casi todo, estaba permitido. Necesitábamos el contacto con el otro sexo. Inocentemente, nos empujábamos, nos corríamos, nos pegábamos, nos tirábamos de las camperas, jugábamos al voley, nos veíamos sin delantales, sin uniformes, éramos adolescentes sin restricciones. Algunos bailaban, otros prendían sus primeros cigarrillos, otros tocaban la guitarra, otros tocaban… Se respiraba cierto aire de libertad, las primeras calenturas se sentían en el aire. Si tenías suerte venía el chico del otro colegio que te gustaba, que te encantaba, que te producía esas sensaciones, que con el tiempo descubrirías que eran tus hormonas en llamas.

Chapábamos… ¡Ay! Los besos con lengua. Qué sensación más rara. No sabías si te gustaba o te daba un poquito de asquito, pero a la larga estaba buenísimo. No podías parar, todavía recuerdo el ardor de la pera de taaanto beso. Algunos más osados iban un poquito más allá y desprendían los primeros corpiños. ¡Qué loco! Empezabas a usar corpiño, era todo un paso. El cuerpo definitivamente nos empezaba a cambiar.
La primera depilación fue a fuerza de un compañero de curso. Me levanté el pantalón para mostrarle a Germán unas medias que me había regalado mi tía de Buenos Aires y el pronuncio la frase matadora:
- ¡Hay café!
- ¿Qué cosa? -le dije-.
- ¡Hay café-iterase!

Por un segundo, el mundo se me vino encima, me fui a negro. Me puse colorada, verde, violeta, azul, mis mejillas eran un arco iris. ¿Por qué será que todo en la adolescencia tiene un peso tan grande? Lo mire, el rió. Estaba concebido para la crueldad. Acomodé mi pantalón y seguí escuchando la clase como si nada hubiera pasado, pero había pasado todo, había que empezar a depilarse y eso, ya era mucho.

En la adolescencia todo es tan raro, los varones se vuelven torpes, les cambia la voz, pasan de Buonanotte a Pavarotti sin escala. Se les pone el cuerpo como pesado, y se atontan un poco ¿no? Como si estuvieran todo el tiempo tocándose, algo que después sabés que es verdad. También una descubría su cuerpo. Si eras afortunada te crecían las lolas, sino deberías soportar a tus compañeros decirte: ¡Eh! Maju ponete de frente, ¡Eh! Tetamanti. Que revolución hormonal ¡por Dios! Qué mezcla de sensaciones, qué sentimientos raros, qué barullo, qué desorden… qué ganas de chapar, de bailar lento, qué manera de escuchar César Banana Pueyrredón, y llorar a mares.

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